Martes, 08 Agosto 2017 22:22

La huella de Don Baylor

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Por Ignacio Serrano
El Emergente
 
Un horror. La primera referencia que Venezuela tuvo con Don Baylor fue trágica y anticlimática.
 
Remigio Hermoso era una de las figuras de nuestro beisbol. Desde 1967 estaba en las Grandes Ligas y para 1974 era camarero de los Indios de Cleveland. Baylor, por entonces una estrella emergente de los Orioles de Baltimore, con casi 1,90 metros de estatura y 100 kilogramos de peso, atropelló al criollo en una jugada de dobleplay, causándole lesiones que, según los periodistas de entonces, cortaron para siempre la carrera como bigleaguer del nativo de Puerto Cabello, posterior manager de la Selección Nacional e integrante de nuestro Salón de la Fama.
 
Esa fue la presentación del patrullero texano, fiero competidor en el terreno de juego, que luego se presentaría en el país como parte del Poder Negro del Magallanes.
 
Es legendaria la anécdota que cuenta el admirado Rubén Mijares, por entonces gerente general de los Navegantes. Baylor firmó contrato con los turcos por unos 4.000 dólares y aceptó ser parte de una brillante importación que contaría también con Dave Parker, Ken Tekulve y Jim Holt.
 
Cerca de reportarse, llamó para pedir un aumento, unos 500 dólares más, para pagar la hipoteca de su casa. Sin ese extra, igual vendría a jugar, tocar no es entrar. Pero el ejecutivo y periodista decidió abrirle la puerta y concederle lo que pedía.
 
El grandullón de Austin atornilló su lugar en el beisbol venezolano con aquella participación. Ya era bigleaguer desde hacía cinco años y bateó mucho en la final, aunque no pudo festejar la conquista de la corona, al caer la nave ante los Tigres de Aragua.
 
Esa fue la introducción del libro que Baylor escribiría en nuestra pelota, una historia que tendría a Andrés Galarraga como coprotagonista.
 
Porque hasta 1993, el ex patrullero no era más que una antigua estrella de las Mayores, el causante del retiro de Remigio, el antiguo importado magallanero y el Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1979. Luego de esa fecha, sería un personaje querido predilecto de la afición local.
 
Hay que viajar a 1992 y recordar los sufrimientos de Galarraga, para comprenderlo.
 
El Gato inició de gran modo su carrera en la MLB, pero en 1989 comenzó un bajón que duró casi tres años y estuvo cerca de evitarle el estrellato. Baylor se topó con él, como coach de bateo de los Cardenales de San Luis, y le daría los consejos que permitieron al nativo de Chapellín cambiar su mecánica en el home y su vida toda. Luego, para completar, se lo llevó a los Rockies de Colorado.
 
Carlos González cuenta algo así sobre los tiempos en que el tres veces ganador del Bate de Plata le hizo ajustes en el home.
 
Resultado de imagen para don baylor magallanesAquella relación con Galarraga cementó el afecto de todo un país por el antiguo slugger. Lo que hizo con los turcos era una cosa, su aporte a una parcialidad famosa, pero parcialidad al fin. El percance con Remigio, sus batazos con los Yanquis y los Medias Rojas, todo aquello le había dado celebridad adicional.
 
Pero que un pelotero tan querido y popular como Galarraga saliera de su laberinto, conquistara un título de bateo y emprendiera el camino para desplazar a Antonio Armas como el gran bateador venezolano de todos los tiempos, y que lo hiciera con la ayuda decisiva de este estadounidense de sonrisa amplia y fácil, hizo que el texano anidara para siempre en nuestros corazones.
 
Con Baylor conversamos por primera vez en Phoenix, en septiembre de 2011. Faltaban semanas para que regresara a Venezuela, de nuevo contratado por Mijares, ahora como manager de los Bravos de Margarita.
 
Encontramos a un personaje cordial, afectuoso en sus recuerdos por nuestro país. Es una lástima que su historia con los insulares terminara mal, entre otras cosas por sus problemas de salud. Sin duda que merecía más.
 
El ex jardinero murió el lunes a los 68 años de edad. Hacía 12 que combatía contra una forma de cáncer, que le costó la vida.
 
Hoy lloran quienes le conocieron. Se fue demasiado temprano. Pero su huella quedará para siempre en nuestra memoria.
 
Versión algo más ampliada de la columna publicada en El Nacional, el martes 8 de agosto de 2017

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